Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Un gran agujero que absorbe toda materia. También existe la luz, que lucha por despegarse de él. Si te aferras a la tierra, no escaparás a su denso y oscuro fin. Si sueltas cuantas cadenas te atan al suelo, te elevarás, ligero, sobre él.
Cuando sea el momento, ya habrás forjado tu suerte. Sin juicio, sin más prueba que aquello en que te hayas convertido.
Despréndete del peso, no dejes que el plomo tense en exceso tu cuerda... pues sólo escapará por la puerta un vibrar con la nota adecuada.
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